Hasta luego, Maricarmen

Toda la política es propaganda o, como le dicen ahora los politólogos, relato. "Votasteis gestos, tenéis gestos". El tuit de la profesora María Blanco lleva años dando la hora con la puntualidad de un tren japonés.
Algo no va del todo bien cuando la argumentación generalizada entre los popes del columnismo patrio es indistinguible de una redacción escrita por un alumno de primero de la ESO con necesidades especiales. No, a nadie le gusta ver a una anciana de 87 años siendo expulsada por la fuerza de la vivienda en la que ha residido siete décadas. Sí, todo el mundo debería poder tener una casa. Gracias, toma tu piruleta, ahora vuelve a tu pupitre.
Espero no verme nunca en la situación de la pobre Maricarmen. Me refiero, claro, a tener que escuchar a Ana Belén leyendo un poema. A mí me encantaría encontrar un piso de noventa metros cuadrados en el centro de la ciudad por quinientos euros al mes, pero para eso hacen falta dos cosas: una, muchos más pisos, y dos, mucha menos gente.
Sorprendentemente, la tendencia en ambos casos ha sido la contraria. No sólo no se construyen viviendas suficientes para las ciento y pico mil personas que llegan a España cada trimestre, es que estamos por debajo de la tasa de reposición de las propias viviendas, que, sorpresa, no son eternas. Pero en lugar de debatir qué hacer para que sea más barato y fácil construir puñeteras casas, para al menos poder alojar a toda esa avalancha de extranjeros y no obligarles a hacinarse en pisos patera, la conversación pública está centrada en imposibilitar la expulsión de los inquilinos que no pagan o que no quieren pagar, encareciendo así el precio por la vía de hacer que los caseros huyan del mercado de alquiler aullando y agitando los brazos.
La conversación pública está centrada en imposibilitar la expulsión de los inquilinos que no pagan o que no quieren pagar
"Construir no puede ser la solución para bajar los precios porque en la burbuja inmobiliaria se construyó mucho y los precios subieron". Eso lo escribió alguno de los hermanos Garzón, el más tonto de los dos. Ante una argumentación así, con la potencia y el empaque de un pedo de chihuahua, uno no puede sino rendirse: no hay nada que hacer. La inteligencia les persigue pero son mucho más rápidos.
Un dato: en los ocho años que pasaron entre enero de 2001 y enero de 2009 la población española creció en seis millones de personas. Entre 2003 y 2007 se terminaron unos dos millones y medio de viviendas —desde 1995 en adelante fueron unos seis millones—. Ahora comparemos: España tiene hoy tres millones y medio de habitantes (censados) más que en 2018, cuando Sánchez llegó al poder. En todo ese tiempo, se han construido seiscientas mil casas nuevas. Que son menos de las que se entregaron sólo en 2007. ¿Se entiende ahora por qué los precios no paran de subir y por qué no van a dejar de hacerlo?

Añadámosle a eso la burocracia, las infinitas regulaciones y el hecho, poco conocido, de que muchas promociones ni siquiera llegan a construirse porque la red eléctrica no da más de sí. Y sobre ese escenario próximo al apocalipsis habitacional, la guinda del pastel de una legislación que ha expulsado del mercado de alquiler miles de viviendas porque sus dueños no tenían ninguna posibilidad de recuperarlas si el inquilino dejaba de pagar. Bueno, pues la solución a todo eso es, aparentemente, expropiarle el piso a sus propietarios.
Los caseros huyen del mercado encareciendo el precio.
Hale, solucionado. Pim, pam, a otra cosa, mariposa, Ana Belén puede volver a su mansión. ¿Y con las decenas de desahucios diarios que no salen en la tele porque no suceden en Madrid qué hacemos? Pues nada, claro, qué vamos a hacer. A ver si te crees que el Gobierno está aquí para hacer cosas y no para echar la lagrimita sobre temas que son de su estricta responsabilidad. El lunes que viene nadie se acordará de esto, como nadie se acuerda ya de Juana Rivas o del perro Excalibur. Así que: hasta luego, Maricarmen.
Texto de. Diego González (Libre mercado)
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