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Estallido mediático de Bad Bunny en la SuperBowl



Que la NFL elija a Bad Bunny para el halftime del Super Bowl LX no ha sido una idea brillante, ha sido una obviedad. Un “si no lo haces tú, lo hará otro”.

Y aun así, por una de esas carambolas que solo le pasan a la liga más eficiente del planeta, lo que era un movimiento lógico parece la jugada perfecta.


Contexto rápido: Bad Bunny encabezó el halftime del Super Bowl LX (el pasado 8 de febrero). Tradicionalmente la NFL no paga a los artistas (paga producción y gastos), porque el retorno está en la exposición masiva.

Lo que parecía un simple deal (y por qué no lo era). En términos de producto, Bad Bunny era el candidato perfecto:

Escala global: no es solo “famoso en EEUU”, es un fenómeno transnacional.

Audiencia joven: el halftime no compite por el fan hardcore, compite por el que está en el sofá mirando Twitter.

Match estratégico: la NFL lleva tiempo intentando crecer en fanbase latina.

 

Pero aquí lo importante es otro matiz: la NFL no optimiza por “mejor cantante”. Optimiza por el alcance del artista, recuerda que para la NFL el artista es su “distribución”, su manera de llegar a otras audiencias.

El halftime es el único momento del año donde la NFL puede “venderse” como cultura generalista, no como deporte. Y ahí, el artista es un canal de adquisición.

 

La controversia ha sido un regalo (porque siempre lo es, si tu producto es masivo). Cuando en septiembre saltaron las críticas conservadoras y hasta la contra-programación (Kid Rock como alternativa), parecía el típico ruido.

Según The Guardian, el show reunió alrededor de 135,4M de espectadores y la alternativa de Turning Point USA se quedó en 5,2M. ¿Traducción?

La NFL no solo “aguantó” la polémica. La NFL la monetizó en atención.

 

Porque en productos de masas, la indignación tiene una propiedad mágica: no reduce el awareness, lo dispara. Y el awareness es la moneda del halftime.

El “timing trade” que nadie controla (pero que decide el relato). Después de ser elegido como artista para la Super Bowl , Bad Bunny gana el Grammy a Álbum del Año en febrero de 2026 con Debí Tirar Más Fotos, y además con un hito: primer álbum en español en llevarse ese premio.


De repente, la narrativa cambia. Antes: “la NFL se mete en un jardín cultural”. Después: “la NFL apostó por el futuro”.

Lo mismo pasa con el ICE. En enero de 2026, encuestas grandes ya mostraban desgaste del enfoque de la política de inmigración y de las tácticas de ICE: Reuters/Ipsos: aprobación de Trump en inmigración cae a mínimo (39% aprueba, 53% desaprueba).




¿Y qué hizo Bad Bunny? Convirtió el tema en cultura (y en show), no en debate político de tertulia. Resultado: La NFL parece tener “olfato social”. Cuando en realidad solo ha hecho lo que hace siempre: maximizar audiencia futura.

 

La clave de fondo: el halftime como motor de crecimiento, no como entretenimiento. Si miras esto como negocio, el halftime es una palanca para: Expandir mercado total. No fidelizas al fan que ya ve la NFL. Ese ya está. Vas a por el que no se siente interpelado por 3 horas de football, pero sí por 13 minutos de cultura pop.

Rejuvenecer marca. La NFL es una máquina de cash, sí, pero su riesgo estratégico es parecer un “institución vieja”. Bad Bunny funciona como “inyección de presente”.


Internacionalización blanda. La NFL quiere ser global, pero su producto es muy americano. 

Podrías pensar que la NFL es el deporte más cercano a la administración Trump, pero a la vez tiene un objetivo brutal de internacionalización.


Así que aquí ya está la incoherencia, porque ¿qué artista puedes traerte a la NFL que traiga audiencia extranjera y a la vez sea favorable a la pro Trump?

Es un injugable actualmente. Si ya te metes en ese sarao, te metes hasta el fondo.

 

Texto de: Zona Mixta

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