Mundial 2030: la enésima claudicación de Sánchez ante Mohamed VI

«O la final, o nada». El lema, acuñado por mi paisano Paco González en COPE, ya se ha extendido por redes sociales. Asistimos estos días a un debate en la opinión pública sobre la posibilidad, que va acercándose a la certeza, de que sea Marruecos quien organice la final del Mundial de 2030. De Madrid o Barcelona a Casablanca. El proyecto mundialista fue una de las iniciativas impulsadas por un recién llegado Sánchez que ha terminado torciéndose hasta convertirse en un problema. En un asunto de orgullo nacional. Porque ese es, precisamente, el objetivo de un Mohamed VI que está jugando sus cartas casi magistralmente ante un Gobierno español señalado por su inacción: asestar un golpe al orgullo español.
Quien esto escribe escuchó por primera vez, con absoluta incredulidad, que la final de 2030 sería en Marruecos allá por febrero de 2024. De boca de varios periodistas marroquíes que cubrían en Rabat, junto a los enviados españoles, la primera Reunión de Alto Nivel (RAN) entre España y Marruecos de la era Sánchez.
Aquella idea de que la final de un Mundial todavía ibérico no se celebrara en el Santiago Bernabéu o en el Camp Nou parecía una marcianada. Pero los periodistas marroquíes insistían, estaban convencidos de ello. Solo cuatro meses antes, su gobierno había anunciado la construcción del que proyectan como mayor estadio del mundo, el Hassan II de Casablanca. Según contaban, la cifra de 115.000 espectadores había sido fijada por la propia Casa Real marroquí tomando como referencia el hasta ahora mayor recinto futbolístico del mundo: el estadio Rungrado Primero de Mayo de Pionyang, Corea del Norte. Tiene 114.000 espectadores. Pues mil más y superado el récord. Pura lógica.
Y debe ser cierto que algo sabían los periodistas del reino alauí, puesto que en aquella reunión bilateral entre gobiernos se trató el asunto del Mundial. De cómo se articularía el proyecto técnico, que entonces ya había comenzado a redactarse. Unas semanas más tarde, en marzo de 2024, se presentó el logo. Y para finales de ese año, España, Portugal y Marruecos remitieron a la FIFA su Bid Book, la ‘biblia’ técnica de la candidatura. Y ahí llegó una de las primeras sorpresas: el estadio Hassan II fue incluido en la terna —con el Bernabéu y el Camp Nou— para albergar la final. «Ronda esperada: final», decía textualmente la ficha.
En la RFEF hubo reticencias en un primer momento a abrir la puerta de esa manera a una posible final, pero entonces no estaba el horno para bollos. La crisis institucional abierta por el episodio de Luis Rubiales dio paso a un periodo de interinidad de Pedro Rocha, que terminaría con su inhabilitación por parte del TAD. En esos meses, Marruecos se movió con suficiente soltura en los despachos y embajadas como para lograr adaptar la propuesta técnica a sus intereses. Para abrir la puerta a lo que ahora estamos viendo.
Un rosario de cesiones. Volviendo al topicazo del «fútbol es negocio», cabe aclarar que el negocio también es política. Y esa cesión de 2024 es una más del rosario de concesiones y genuflexiones que el Gobierno de Pedro Sánchez viene dedicándole a Rabat desde al menos 2022. Parece que queda muy lejos la crisis de la frontera de Ceuta de mayo de 2021, cuando 10.000 personas accedieron forzadamente a la ciudad con el apoyo de la Gendarmerie marroquí. Esos fueron también los días del pinchazo al móvil de Sánchez, cuya autoría marroquí ya está fuera de duda —lean el serial dedicado a este episodio que publicó este diario el pasado febrero—.
Aquello fue sólo el inicio de lo que estaba por venir. Comenzó en la primavera de 2022 con la aparición de una carta del presidente del Gobierno español, difundida por la diplomacia marroquí, en la que Moncloa daba un giro de 180 grados en una posición de política exterior asentada durante cuatro décadas. A partir de ese momento, tal y como se extraía de la misiva, Marruecos marcaría las normas en el Sáhara Occidental con total beneplácito del gobierno español. Y con ello, se abrió la veda a controlar el espacio aéreo sobre el Sáhara, otro melón por abrir.
Tras aquello vinieron otras cesiones. El fin del OCON Sur, la unidad que luchaba contra el narcotráfico en el Estrecho, que rondaba ya 10.000 detenidos —una parte de ellos súbditos del reino alauí—. Un grupo de agentes de la Guardia Civil que estaban consiguiendo mantener a raya el contrabando de hachís y otros narcóticos procedentes del otro lado del Campo de Gibraltar. Las mafias se habían envalentonado hasta el punto de realizar descargas a plena luz del día en las riberas del Guadalquivir con fusil de asalto en mano. Al otro lado, mientras, Rabat exigía a España el pago de dietas a sus gendarmes y el combustible consumido por sus patrulleras, mientras proyectaba comprar 25 cazas F-16 a EEUU por 4.700 millones y casi otro tanto por helicópteros de ataque Apache.

En esos años, Marruecos se convirtió en el principal receptor de ayudas internacionales del gobierno español. Una de ellas muy polémica: la desaladora de Casablanca, la mayor de toda África, capaz de suministrar agua a la región y a las gigantescas plantaciones de tomate y otras frutas que Rabat planifica en el desierto saharaui. España, por decisión del Gobierno de Sánchez, ha regado con 340 millones de euros públicos el proyecto, que ataca directamente la competencia del campo español en el mercado europeo. Por cierto, Marruecos logró incluir la desaladora como baza para impulsar la sede de Casablanca en los documentos técnicos entregados a la FIFA, tal y como publica TO.
En ese escenario, se antoja complicado no pensar en la entrada de Marruecos en el Mundial 2030 en términos que no sean los de una (otra) cesión. Pero las hay mucho más desconocidas y peligrosas. Por ejemplo, la que se juega bajo el mar. Frente a las costas canarias hay un accidente orográfico denominado monte Tropic. Una zona en disputa entre España y Marruecos, que podría decantarse a este último si logra el reconocimiento al control de las aguas saharauis. Se trata de un lugar donde se cree que hay toneladas de materiales raros, como el telurio, suficientes para fabricar los componentes semiconductores de casi 300 millones de coches eléctricos.
Pues bien, la operación de influencia que ha venido relatando THE OBJECTIVE esta semana, que se juega en los palcos de los estadios del Mundial, languidece frente a los movimientos que Rabat está haciendo para asegurarse ese yacimiento mineral estratégico.
El asunto se deberá resolver ante la Cnvención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Y será clave el dictamen de la llamada Comisión de Límites de la Plataforma Continental (CLCS), un órgano ‘independiente’ formado por 21 científicos que analizan, en base a criterios geológicos, a quién pertenece ese tesoro submarino frente a Canarias. Pues bien, en octubre de 2022, cuando ya habían comenzado las gestiones para que Marruecos entrase en el ticket del Mundial 2030, Rabat coló en esa entidad técnica a un lobista llamado Miloud Loukili. Un jurista que pasó a ser miembro de una comisión científica. Exteriores y Moncloa lo supieron al instante. No hicieron nada.
Cuestión de dinero. Volviendo al episodio de la final marroquí de 2030, hay que hablar, claro está, de dinero. A estas alturas, ni al más incauto de los lectores se le escapa que el fútbol se ha convertido en un negocio milmillonario. Lo era ya décadas atrás, pero ahora lo económico ha enviado lo deportivo al fondo de la pirámide de intereses que configura este gigantesco motor de generar dinero. Se está comprobando en el Mundial 2030, donde se toman pausas para hidratación en estadios con cubierta, aclimatados a entre 20 y 24 grados. La pausa, que nadie se engañe, es para que sean los espectadores quienes se hidraten con una buena ración de anuncios al puro estilo de la Superbowl. Ese es el camino que ha tomado el Mundial de la mano de Gianni Infantino, un presidente de la FIFA que presume de que un ticket para ver la final supera los 5.000 euros.
La final de Casablanca se une al Sáhara —y su espacio aéreo—, la unidad antinarcos de la Guardia Civil, las cesiones al campo marroquí... y ojo a las aguas de Canarias.
Ese es, precisamente, el argumento que está utilizando Marruecos para llevarse de calle la organización de la final del Mundial de 2030 que, inicialmente, se daba por asegurada para Madrid o Barcelona. Lo contaba THE OBJECTIVE esta misma semana: Rabat, gracias a las gestiones del embajador marroquí en EEUU, Youssef Amrani, y del omnipresente presidente de su federación de fútbol, Fouzi Lekjaa, tiene atados los apoyos en el Consejo suficientes como para que Infantino no deba meterse en ningún jardín. Porque la decisión última recae en él y podría imponer su criterio, pero con dos federaciones —y dos confederaciones, la europea UEFA y la africana CAF— enfrentadas por ser sede, toda justificación será poca.

Brasil celebró su final de 2014 en el épico Maracaná. Rusia, en 2018, en su Luzhniki de Moscú, el simbólico estadio en el que la URSS se volcó para los Juegos Olímpicos de 1980 —con la carga política que conlleva—. Catar, en 2022, en el flamante Lusail. Y en el actual mundial de 2026 se celebrará la próxima semana en el MetLife de Nueva York. Salvo el último, al que intentaron disputar sin mucho acierto desde Dallas, el resto venían predefinidos en la documentación técnica de la candidatura. No hizo falta más que darles luz verde.
Pero lo de 2030 será diferente: hay tanto en juego que Infantino necesitará invocar el artículo 6.2 de su ordenanza de Gobierno de la FIFA para incluir, en algún momento, este asunto en la hoja del Consejo. Y cuando eso pase, España tiene todas las de perder.
De momento, dice Rabat, tiene 22 de los 19 apoyos necesarios gracias a la administración Trump, a Catar y al futbolero príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman, volcado en una aventura empresarial en la Premier League inglesa con el Newcastle.
Información de. Pelayo Barro @pelayobarro (The Objective)
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