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Muere Raúl del Pozo, un gigante del periodismo, a los 89 años

  • hace 1 día
  • 7 Min. de lectura


Fallece en Madrid el periodista, columnista de El Mundo desde 1994. “Soy reportero desde que nací”, decía

 

Devoró cafés, alcohol y madrugadas. Amó las corresponsalías, los periódicos, las timbas. Admiraba a las mujeres (Natalia Ferraccioli fue el amor de su vida: 48 años casados). Le entusiasmaba cada latido del periodismo: las redacciones, los compañeros… hasta los enemigos. Raúl del Pozo, que ha muerto hoy en Madridfue un exceso de vida, pulsión absoluta. Mimaba a los amigos, en risa socarrona de niño travieso, y era capaz de matar por un adjetivo: mucho más por una exclusiva y por firmar en la primera página.

 

Fue un periodista hasta el final, que llegó en este invierno de lágrimas entre cipreses. Ruido de fondo se llamaba su columna de El Mundo, a donde llegó en 1994 procedente de Diario 16. En la redacción de Pradillo, 42 llegaba a la primera planta y asomaba, despacio, algo silencioso, pero con la cabeza alta, a ver si Pedro J. Ramírez estaba en el despacho del suelo de nubes.

 

Las secretarias salían a recibirle. ¡Raúl, Raúl! Y también la sección de Nacional y de Opinión, plagada de periodistas que admiraban en él la disciplina en su columna, la capacidad para contar cosas inéditas, utilizando las armas del reportero, en un estilo a veces barroquizante de citas a clásicos que conjugaba con el oído de los bajos fondos. Algo canalla y lírico.


Raúl del Pozo jugaba al golf, pero no demasiado bien. Solía vestir en Marbella un niki rojo y pantalón largo oscuro en esos agostos de almuerzos, risas y confidencias junto al hotel Incosol. Aquellas eran tardes lentas de conversación con Antonio Casado y Carmen Rigalt, una de sus grandes amigas, hablando de Jesús Gil, al que llamaba ‘Moby Gil’, de la ‘jet-set’ y del Rey Fahd, que era su vecino en la Costa del Sol.



Creador de 'Costa Fleming'

Desde que murió Natalia, su mujer, no quiso volver a Marbella. Y en la última década apenas salió de Madrid. Fue el creador de términos como Costa Fleming (una zona golfa de Madrid de los sesenta próxima al estadio Santiago Bernabéu). Empezó en el periodismo en El Diario de Cuenca en 1960. Reportero en Pueblo, donde fue corresponsal en París, Roma, Moscú, Lisboa, Londres y enviado especial a Latinoamérica y Estados Unidos.

 

Trabajó entre 1976 y 1981 en Mundo Obrero (había militado en el Partido Comunista) y en la redacción de Interviú de la calle Potosí. También en El Independiente de Pablo Sebastián y en Diario 16, donde se intercambió una columna con Martín Prieto (uno escribió la del otro en una pelea ficticia).

 

Cuando ya frisaba los 50 años contaba que quizá se le estaba pasando el tiempo de escribir novelasPublicó en Planeta, ganó premios como el Primavera y firmó libros con títulos tan sugerentes como Noche de tahúres y No es elegante matar a una mujer descalza. Siempre pensó que debería haber tenido más éxito y más ventas con sus obras de ficción, que en el terreno literario le había pasado factura pertenecer al ‘Sindicato del crimen’ de El Mundo de los noventa.


Cuando se murió Umbral, Pedro J. organizó un casting para ver quién sucedería al creador de Mortal y rosa en la columna de la última página del periódico. El director de El Mundo tenía muy claro que Raúl del Pozo era el elegido, pero le hizo sufrir y creó esperanzas en muchos articulistas de la escudería del periódico. Se adueñó de la contraportada y tan solo descansaba de la columna los fines de semana y el mes de agosto.

 

El 18 de diciembre de 2007 arrancó Del Pozo su El ruido de la calle con una columna que incluía una viñeta de Ulises, un talentoso ilustrador mexicano afincado en Madrid, y 17 negritas: muchas clásicas, estilo Umbral: Quevedo, Marx, Jardiel y Pla. Políticos: Reagan, Gadafi y Aznar. Referencias mitológicas e históricas: Lawrence de Arabia, Aníbal, Mahoma y hasta guiños a periodistas: Gabriela Cañas (entonces en el área internacional de La Moncloa, ex de El País). 




El 1 de enero de este 2026 publicó su última columna en El Mundo. Se llamaba Una máquina de perder y es un ejemplo de cómo hasta el final manejaba fuentes políticas con las que almorzaba, intercambiaba información y llamaba por teléfono. No se conformaba con lo que leía o escuchaba. No era un columnista de batín, sino que intentaba siempre ser testigo directo, estar en la ‘pomada’ del ‘todo Madrid’.

 

A una edad donde la mayoría de sus colegas se conforman con artículos literarios o vivir de oídas, Raúl del Pozo publicó exclusivas de conversaciones con Luis Bárcenas y siguió pisando calle. También invitaba a los periodistas jóvenes en el Lhardy o en el Café Gijón mientras recordaba allí sus tertulias con artistas, literatos o periodistas. Y era asiduo de la arrocería del hotel Meliá Castilla. Quería saber lo que se cocía en Madrid, en un Ministerio y en Carabanchel Bajo. Y “en la Bética”, como le gustaba denominar a Andalucía. 

"Errores, he cometido errores… he malgastado mucho el tiempo y ahora el tiempo me malgasta a mí", también explicó en una conversación 

Arturo Pérez Reverte y varios de sus amigos más queridos, ilustre cofradía de afectos, como Antonio Lucas, que le quiere como un padre (Del Pozo lo bautizó como “El Príncipe de la poesía”), Manuel Jabois, Edu Galán, Juanma Lamet o Ignacio Camacho impulsaron un premio de Periodismo que lleva su nombre. El último de los galardonados ha sido Javier Cercas. Lo entregan en el Café Varela, escenario de almuerzos de leyenda, el mismo que frecuentaron Manuel Alcántara o González Ruano, a quien también veía en el Café Colón “cómo las moscas subían por sus dedos amarillos”.

 

En 2008 logró el Premio Mariano de Cavia, el más prestigioso del articulismo español, con una columna titulada ‘España, el paraíso’. Así arrancaba: “Dice un poeta norteamericano que el pasado es un cubo lleno de cenizas y el mundo, sólo un océano de mañanas”. “Yo quería escribir en ABC porque era un sueño demasiado grande ganar el Mariano de Cavia”, recordó Raúl del Pozo al recibir el galardón. Su tía le enviaba todos los días a comprar ABC, “el mejor recado para leer”.


Umbral, otra vez Umbral, escribió de él en su Diccionario de Literatura: “Esta escritura de Raúl del Pozo está molturada de noches, argots, ninfas, fuegos, póquer, flamenco, calles, toreros, putas, chaperos, Cela, regionalismos de su pueblo, aldeanismos y chulería madrileña, gracia en bruto, whisky, madrugada y caló”.

 

El 25 de diciembre iba a cumplir 90 años, los mismos que hoy cumple Manuel Vicent, su vecino de la colonia de Madrid próxima a las faldas de las torres Kio. “Los jóvenes ahora quieren ser columnistas. No saben que el columnismo es para reporteros cansados”, dijo una vez en un foro de periodismo. “Soy reportero desde que nací y moriré con el ordenador buscando la noticia”, precisó a El Confidencial en una entrevista de octubre 2020.

Los jóvenes ahora quieren ser columnistas. No saben que el columnismo es para reporteros cansados”, dijo una vez en un foro de periodismo

En el epílogo de casi nueve décadas tan bien vividas se divirtió de lo lindo colgando el teléfono, de modo abrupto, en plan broma, en su sección Viva el vino de los viernes a las 9 de la mañana en el programa Más de Uno de Onda Cero que capitanea Carlos Alsina. Fue precisamente Alsina quien firmó el prólogo de No le des más whisky a la perrita. Vida, obra y milagros de Raúl del Pozo (La Esfera de los Libros) publicado en 2020 y que lleva la firma de Jesús Fernández Úbeda y Julio Valdeón.

 

Escribe Alsina: “Raúl es un reportero de 80 años con 25 siglos de lecturas a sus espaldas, que lleva toda la vida preparándose para escribir la próxima columna”. Fernández Úbeda rescató más tarde, en Nido de piratas, muchas aventuras del reportero en Pueblo. Del Pozo firmó el artículo de la última página del último número del diario. Se titulaba Las gafas e incluye fragmentos que son su historia: “He visto muchas cosas: la dictadura, la libertad, los pases y los goles. Me he dejado aquí la esperanza y media vista y ya no creo que el periodismo es una pasión, sino una gaceta que cuenta cada día las relaciones de clase y las contradicciones sociales. Cuando suena el teléfono, aún mi corazón de reportero se acelera. Puede ser una noticia o una mujer”.



Presumía de no saber inglés y era un periodista que citaba con solvencia intelectual a Séneca, Cicerón, Aristóteles y Jenofonte. Fue amigo de Cela y discípulo aventajado de Umbral, que decía que como le ocurrió a Baudelaire de un amigo, le había conseguido a Raúl su primer abrigo, su primer trabajo y su primer amante. “Solo era verdad lo del primer trabajo”, respondió Del Pozo. Se engolfaba leyendo en su ordenador los comentarios de los lectores en los ediciones digitales y lo que decían de él en Twitter, el “fusilamiento” de las redes.


“Errores, he cometido errores… he malgastado mucho el tiempo y ahora el tiempo me malgasta a mí”, también explicó en una conversación con este diario que sonaba a despedida anticipada de una vida que siguió exprimiendo. Punzante, le gustaba provocar en las conversaciones. Guasón. También profundo. Preguntaba sin pereza. Jamás perdió la curiosidad. Y era tierno, divertido. Gustaba y le gustaba gustar. Un seductor de la palabra y de los gestos. Bajaba la voz cuando quería enfatizar lo importante. Aceptaba el debate y la discusión inteligente.

 

Con Raúl del Pozo se va un columnista de su tiempo, el articulista que heredó talento y memoria del columnismo histórico y que supo compaginar en una vibrante escritura de negritas, diálogos y arranques de volcán y remates de terremotos, lo nuevo —Internet, siempre la calle — con el fuego de la pasión por un oficio al que se entregó con la energía de un niño de pantalones cortos y tinta en el corazón.

 

Texto de: Agustín Rivera (El Confidencial)

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