top of page
compilation_images_Icon_original (2).png

El eclipse diario que Cádiz ignora

  • hace 5 horas
  • 2 min de lectura

Vivimos atrapados en la tiranía del evento. Nos han convencido de que solo merece nuestra capacidad de asombro aquello que viene precedido por una cuenta atrás comercial, una alerta en el móvil o un paquete turístico a precio de oro.

 

Pronto veremos ciudades paralizadas y redes sociales colapsadas por el próximo eclipse solar total. Millones de personas buscarán la estampa perfecta, convencidas de que presenciar ese fugaz cruce de sombras las convierte en seres más cultos, iluminados o conectados con el cosmos. Hay un negocio voraz detrás de esta fiebre, pero, sobre todo, hay una profunda ironía.

 

Porque el mismo gaditano que tal vez haría cola para certificar su paso por un gran evento astronómico camina cada tarde por la Alameda Apodaca ignorando el mayor espectáculo óptico y geográfico de la provincia.

 

Lo tenemos gratis, sin aglomeraciones y en riguroso directo cada día de verano. "Desde el “Balcón de Mazinger”, en la muralla, la vista abarca un gradiente temporal deslumbrante: el Atlántico se resiste en azul cobalto mientras la sombra de la Tierra ya devora el interior de la Bahía."

 

Basta con asomarse al pretil al caer el sol para comprobar que un atardecer en Cádiz no es el simple hundimiento de una bola de fuego en el agua. Eso es reducir la geometría a la mínima expresión. La posición privilegiada de la Alameda ofrece una panorámica de casi ciento ochenta grados donde convergen distintas zonas horarias visuales.

-La verdadera cultura no consista en coleccionar eventos, sino en recuperar la decencia de mirar lo que siempre ha estado ahí

Hacia el oeste, sobre el Atlántico abierto y la línea de Rota, la luz del día aún se aferra con destellos limpios y dorados. Al mismo tiempo, girando la mirada hacia el fondo de la bahía, la noche ya cae con fuerza sobre Puerto Real y San Fernando, mientras El Puerto de Santa María se sumerge en una penumbra violeta y las primeras luces artificiales comienzan a puntearlo todo.

 


Es la sombra de nuestro propio planeta proyectándose en directo sobre la costa, un desfile de planos temporales simultáneos.

¿Por qué nadie se detiene a apreciarlo con pausa? Por la insoportable ceguera de la costumbre. Convertimos el milagro diario en un trámite rutinario: sacar al perro, tomar una cerveza rápida o apresurar el paso hacia la cena.

 

No hay nada reprochable en fascinarse por un eclipse. Pero hay algo triste en peregrinar en busca de la excepcionalidad artificial mientras despreciamos el prodigio cotidiano que nos regala la Bahía. Quizás la verdadera cultura no consista en coleccionar eventos en una lista de tareas pendientes, sino en recuperar la decencia de mirar lo que siempre ha estado ahí, esperándonos en el borde del mar.

 

Texto de: Arturo Fernández de la Puente

Comentarios


bottom of page