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Historia de los españoles en el Masters de Augusta

  • hace 2 horas
  • 13 Min. de lectura

Siguiendo con la historia de los triunfos españoles en el Masters de Augusta, llegamos a una etapa en la que los triunfos de Severiano Ballesteros dan paso a un nuevo genio, José María Olazábal, que venciendo todas las dificultades imaginables logró vestirse dos veces con la chaqueta verde del Masters. 

 

El impulso que el gran Severiano Ballesteros generó en el golf europeo provocó que en diecisiete ediciones, entre 1983 y 1999, se registraran diez triunfos europeos sobre el venerado campo de Augusta, cuando en los primeros veinticuatro torneos únicamente se habían registrado victorias estadounidenses y, después, solo Gary Player, en 1961 y 1974 y 1978, había sido capaz de arrebatar el triunfo a los norteamericanos, ganadores de 40 chaquetas verdes de 43 disputadas. 

 

A pesar de esos precedentes históricos inapelables, José María Olazábal fue uno de quienes aprovecharon esa inercia para revestirla con su calidad y su carácter, convirtiéndose en uno de los diecisiete jugadores que hasta la fecha han sido capaces de ganar más de una vez en el mítico campo de Georgia.  

1994: OLAZÁBAL HACE REALIDAD EL GRAN SUEÑO DE GANAR EL MASTERS

Cuando José María Olazábal llegó al Masters de 1994, lo hizo con altas expectativas basadas en el subcampeonato de 1991 y en el séptimo puesto de 1993. Unos días después, el español, a sus 28 años, afrontaba la vuelta final del Masters a un golpe del norteamericano Tom Lehman, que a sus 39 años buscaba su primera victoria en el PGA Tour. Compartirían partido estelar en la lucha por conseguir su primer “grande”. 

 

Olazábal, al llegar ese domingo al Augusta National, encontró una nota en su taquilla: “Intenta solo mantener la paciencia, tú sabes exactamente cómo jugar este campo. Eres el mejor jugador del mundo. Buena suerte”. Era un mensaje de Severiano Ballesteros, el único español que había ganado el Masters hasta entonces.

 

Y Chema se embarcó en su misión de ganar. Tenía muy meditado cómo iba a ser ese día. Incluso había decidido tres semanas antes que, si llegaba a la última jornada con posibilidades de ganar, se pondría ropa que combinara con la chaqueta verde, como hizo Bernhard Langer el año anterior. 

 

También tenía planeado salir con un hierro 1 en el 18 si necesitaba hacer par en el último hoyo para ganar, previsor ante la situación vivida tres años atrás, cuando un mal bote de la bola al jugar el drive le hizo perder la posibilidad de disputar un desempate con Ian Woosnam.

 

José María Olazábal entregó en la cuarta vuelta una tarjeta de 69 golpes, para 279, con la que ganó a Tom Lehman por dos, a Larry Mize por tres, y a Tom Kite, por cuatro. Estas diferencias pueden hacer pensar que fue una jornada plácida para el golfista español, pero no fue así. 

Enorme intensidad antes de consumar el sueño

De hecho, Olazábal falló más calles (cuatro) y más greenes (siete) en la última vuelta de lo que había hecho en las tres jornadas anteriores. Pero, al mismo tiempo, hasta el hoyo 17 no cometió su primer bogey del día, el primero también desde el hoyo 16 de la primera vuelta: dos birdies, un eagle y 12 pares en los primeros 15 hoyos y,  siempre, el tiro correcto en el momento oportuno.

 

Recordemos que José María Olazábal había terminado aquel primer día empatado en el puesto 26, a ocho golpes del líder, Larry Mize, tras entregar una tarjeta de 74 golpes. 

 

Se colocó a dos puntos de Mize el viernes, en quinta posición, tras firmar la que sería su mejor tarjeta del torneo, con 67 golpes, y el sábado accedió al segundo puesto en solitario con un buen 69. 

 

"No tenía muchas expectativas después de lo que pasó el primer día, pero todo parecía fluir y comencé a sentirme más cómodo, de la misma manera que estaba jugando en las semanas previas a venir a Augusta", afirmaría el español. 

 

José María Olazábal no hizo ni un sólo bogey en esas dos jornadas, a pesar de que los greenes estaban más duros que nunca y las posiciones de bandera eran endemoniadas, según el lamento generalizado de los jugadores. “En los últimos 7 años,  no creo haber visto el campo tan difícil como esta semana”, reconocía Severiano Ballesteros.

 

Después de la tercera ronda de 69, Olazábal se había colocado segundo y tenía una oportunidad real de ganar su primer “major”, solo un golpe detrás de Tom Lehman. Fue una noche de sueño inquieto: "No dormí bien la noche anterior a la final. Era la segunda vez que tenía la oportunidad de ganar el Masters y mi cabeza solo trataba de imaginar el campo de golf, los golpes que quería dar. No desayuné. No pude tragar nada de comida el domingo por la mañana, era imposible. Lo intenté, pero no pude".

 

El domingo, con sus pantalones negros y la camisa blanca, a juego con la posible chaqueta verde que finalmente le impondrían al acabar la jornada, Olazábal estuvo implacable. Cada una de las siete veces que salvó el par complicado cayó como una losa en la moral de su principal rival, Lehman, que se estaba manteniendo firme en las primeras posiciones en busca de su primer gran triunfo. 

Birdies y un eagle decisivo para escribir la historia

El primer birdie de Olazábal, en el 2, dejó las cosas como empezaron, porque también lo consiguieron Lehman, Mize y Kite. El segundo birdie le llevó a compartir el liderato con Lehman y con Mize, que acababa de lograr el tercero consecutivo, entusiasmando al público de Augusta, su ciudad natal, donde ya se había vestido con la chaqueta verde en 1987.  A mitad de recorrido el español sumaba la mejor tarjeta con 33 golpes.

 

El liderato en solitario de Olazábal llegó con el par que firmó en el hoyo 13, tras el bogey de Lehman en el 12, mejorando su perspectiva con el bogey de Mize en el 14. 

 

Pero el mazazo definitivo llegó en el 15, un par 5 en el que Olazábal embocó un putt de quince metros con caída de izquierda a derecha, ligeramente cuesta arriba, para eagle. El tiro a green estuvo a pocos metros de caer al agua, pero era el día de Jo´se María Olazábal, que veía cómo Lehman fallaba su putt de eagle, la mitad de largo que el que Chema había embocado.

 

“Después de ese hoyo me recordé a mí mismo que debía mantenerme frío. Sabía que dos golpes no eran ventaja suficiente todavía, con tres hoyos por delante. Pero cuando Lehman falló su birdie en el 16 pensé que había llegado mi mejor oportunidad de ganar el torneo”, señalaría Olazábal al terminar ganando el Masters, sexto triunfo de un golfista europeo en siete años.

 

En efecto, ya no tuvieron trascendencia ni el bogey de Olazábal en el 17, ni el de Lehman en el 18, ni el dificilísimo chip de Olazábal en el último hoyo para dejar la bola a tres metros de la bandera y salvar el par, relajando la presión de los instantes finales.

 

Lehman acabó con bogey, a dos golpes de Olazábal, y aseguró que “ya sé lo que necesito a partir de ahora. Necesito patear mejor bajo presión en estos torneos y en el futuro seguro que tendré más oportunidades”.

Rivales de enjundia que no frenaron al huracán vasco

Lehman aguantó bien, a pesar de que no se pensara que podía aguantar y ganar la que hubiese sido su primera victoria en el PGA Tour. A Larry Mize se le consideraba más aspirante al triunfo, como recuerdo a su éxito en este escenario y a sus tres conquistas en los doce meses anteriores. Y sus posibilidades de victoria perduraron incluso hasta cometiendo bogey en el 12 y 14, pero se perdieron definitivamente con el eagle de Olazábal en el 15, que abría una diferencia de tres golpes.

 

Tom Kite, el otro aspirante a la victoria, jugó sólido, pero le faltó el impulso que necesitaba para pelear realmente por el triunfo. Norman fue otra decepción. Llegó considerándose a sí mismo favorito y se mantuvo entre los líderes los dos primeros días, pero la tercera jornada jugó sobre par y desapareció de la escena estelar, quizá aquejado de exceso de confianza.

 

“Después de lo mucho que he trabajado, esto es ver un sueño hacerse realidad”, dijo emocionado Olazábal tras confirmarse su grandiosa victoria en una de las ediciones más difíciles del torneo, que concedía a España el honor de ser el primer país que contaba con dos ganadores del Masters, detrás de Estados Unidos.

 

Como final, dejemos un recuerdo para nostálgicos: fue el primer Masters, desde 1954, en el que ni Arnold Palmer ni Jack Nicklaus jugaron el fin de semana, habiendo fallado ambos el corte. 

1999: UN OLAZÁBAL ÉPICO VUELVE A VESTIRSE DE VERDE 

Tan solo dieciséis jugadores habían ganado la chaqueta verde del Masters más de una vez y, españoles, solo uno (Severiano Ballesteros), hasta 1999. La victoria en el Masters se había hecho más “europea” que nunca, con nueve victorias en diecisiete ediciones entre 1983 y 1998, tras el impulso que significó Severiano Ballesteros para el golf del viejo continente, pero no parecían darse las condiciones precisas para que de nuevo un español se impusiera en el venerado campo de Agusta National.

 

Severiano, ya hacía unos años que no encontraba sus mejores sensaciones; Miguel Ángel Jiménez hacía poco que se había subido al carro de ganadores, con cuatro victorias en Europa, pero todavía no había explotado; y José María Olazábal era toda una incógnita, después de su largo peregrinaje con una lesión que se tardó en diagnosticar, que le mantuvo alejado de los terrenos de juego e, incluso, amenazaba con que no pudiera volver a caminar. Además, llegó a Augusta con el driver desajustado y escaso de confianza… 

 

La gesta de José María Olazábal al conseguir su segunda chaqueta verde contra todo pronóstico marca un hito en la historia de nuestro golf, reforzado por el tesón, la voluntad, la moral que ha derrochado Olazábal, sobreponiéndose a una adversidad reiterada que le amenazó seriamente no ya con terminar su carrera deportiva, sino simplemente con poder volver a caminar.

 

Dos años después de su primera victoria en Augusta en 1994, Olazábal se vio obligado a seguir el Masters por televisión: “Durante mucho tiempo pensé que el golf se había terminado, que no volvería a jugar nunca. Fue muy duro seguir los torneos por televisión…”. 

 

Acababa de cumplir 30 años… 

 El 70 que consiguió José María Olazábal el primer día le puso en el camino de una buena clasificación, con un bogey y un birdie por los primeros nueve y con un birdie, un eagle (en el 13) y un bogey en los segundos.

 

Podía haber sido mejor, pero todo lo que sea jugar bajo par en Augusta National es bueno y no llegaron a la veintena los resultados que se firmaron bajo el 72 establecido en una jornada que fue suspendida por falta de luz tras el retraso que produjeron las tempranas lluvias. Además, para una confianza alicaída como la de Olazábal a su llegada a Augusta, era una inyección de vitaminas que venía a sumarse a las palabras de Gary Player en la noche de la cena de campeones, cuando le dijo que tenía un buen swing y que debía tener confianza en sus posibilidades: “Tienes que creer; tienes que creer”, le repetía el sudafricano con pasión.

 


Y hubo un segundo consejo, más técnico, que sería decisivo en el cambio mental de Olazábal, que había llegado al torneo con el driver desajustado: “De nuevo, el driver se iba a la derecha, a la izquierda, incontrolado y Seve me dijo: ‘José, todo lo que tienes que hacer es poner la bola en juego desde el tee. ¿Por qué no disminuyes la velocidad del swing y no intentas golpearlo fuerte?; solo trata de poner la pelota en juego’… Fui al campo de prácticas y tuve una buena sensación. Pegué algunas bolas de esa manera y la bola parecía estar reaccionando mejor y eso fue lo que hice durante el torneo". Olazábal promedió 253 yardas con el driver en su domingo triunfal, pero no olviden que estamos hablando de hace 23 años.

 

Su soberbio posicionamiento a mitad de torneo se completó con el fabuloso 66 de la segunda vuelta, en la que desplegó un juego espectacular, que le situó de líder inesperado, aunque las apuestas no contaban con el español entre los favoritos. En los primeros nueve no hubo errores esta vez y los dos birdies sumados le pusieron en la pizarra de líderes, terminando el día coronando la tabla con otros cuatros birdies sin errores.

 

La escasa o mala fortuna con el putter durante la tercera vuelta, a pesar de haber atacado las banderas como nadie, impidieron a José María Olazábal salir el último día con mayor margen, si bien se mantendría como líder emparejado en el último partido con Greg Norman, recuperado de la operación en el hombro que sufrió en abril de 1998, que le había mantenido siete meses alejado de la competición.

 

Fue la única jornada sobre par del español, por culpa de dos bogeys en los primeros nueve y un solo birdie al final del día, en el 15, escapándosele el del otro par 5, el 13, en el que lo había logrado los dos días precedentes. 

 

A pesar de todo, José María Olazábal tenía una posición de ensueño, impensable al comenzar la semana. Sus sensaciones habían mejorado sustancialmente y la confianza en las propias fuerzas se multiplicó. No obstante, a la vista de la clasificación, el peligro acechaba por todas partes, ya que en una franja de pocos golpes estaban colocados jugadores de la talla de Steve Pate y Davis Love (a dos impactos), Lee Janzen, Bob Estes y Ernie Els (a tres), David Duval, número 1 del mundo; Phil Mickelson, Nick Price, Colin Montgomerie… Como se ve, el panorama no admitía descuidos pues cualquiera de ellos que acertara en los primeros nueve hoyos podía meter mucha presión a sus rivales.

 

El Masters se gana a lo largo de los 72 hoyos, claro, pero los que definen la victoria son los últimos nueve, con ese Amen Corner dando y quitando posibilidades, con unas oscilaciones en los resultados entre los que aspiran a la victoria que no son tan habituales en otros torneos. Es un campo que se presta al drama en cualquier momento pero Chema, ganador en 1994 (una de las ventajas que le distinguían de sus rivales directos) adoptó las medidas necesarias desde un principio para vestir la segunda chaqueta verde.

 

Sin embargo, inesperadamente, tres bogeys consecutivos del español en el 3 (tres putts), 4 (bunker) y 5 (pasado de green) y dos tripateos de Norman (en el 3 y 5) permitieron peligrosas opciones a sus rivales hasta que las aguas volvieron a su cauce. La parte positiva es que Olazábal no dejó de ser líder, ni en los peores momentos, compartiendo como mucho el primer puesto con Greg Norman, Davis Love, Steve Pate y Bob Estes, al final de la primera mitad de recorrido, con 5 bajo par, con otros cinco jugadores a dos golpes del liderato.

 

En pocas ocasiones se han iniciado los últimos nueve con tantos candidatos al triunfo como este año. Pero el primero en tomar la delantera fue Olazábal que metió un buen putt de cuatro metros en el hoyo 10, para embocar el tercer birdie que se lograba en todo el día en ese hoyo y el segundo de la jornada en su cuenta particular. Norman siguió la estela del español con birdie en el 11, se equivocó en el 12 pero hizo eagle en el 13, mientras el español igualaba en el liderato con un golpe prodigioso desde el bunker en el par 3 y con el birdie en el 13.

 

Parecía que se quedaban solos en la lucha por el título, pero Norman volvió al juego errático que le ha castigado habitualmente en los finales del Masters (bogey en el 14 y en el 15) y Chema no perdonó: con su birdie en el 16 se puso con -8, con dos de ventaja sobre su rival más inmediato, Davis Love, que había terminado. 

 

Quizá haya que señalar estas dos claves: la respuesta de Chema en el 13, con birdie, al eagle de Norman, porque fue determinante para conservar el liderato y desmoralizar al australiano, y el decisivo birdie en el 16 para mantener dos golpes de ventaja sobre Love, con dos hoyos por delante. Era un putt muy complicado, pero Chema supo afrontar “un putt corto, no tenía ni un metro, cuesta abajo, con caída por todos lados. Un putt endiablado, complicadísimo. Se puede decir que es un putt de los que te hacen ganar una chaqueta”.

 

Chema lo metió y se centró en el cara a cara que le quedaba con Love, echando mano de su magia para hacer una brillante y decisiva recuperación en el 17, para salir al 18 con esos dos golpes de margen que ayudaban a calmar algo la presión de un momento decisivo.

 

A lo largo del día final, en el que fuertes ráfagas de viento supusieron un plus de dificultad, los principales rivales de José María Olazábal fueron Pate, Estes, Norman y Love. Steve Pate, que el tercer día estableció el record de siete birdies consecutivos en Augusta, salió a dos golpes y pasó por el nueve empatado con el español, pero los birdies de Chema en el 10, 13 y 16 le mantuvieron alejado del asalto al liderato.

 

Bob Estes salió a tres golpes de Olazábal y pasó por el nueve empatado también con Chema, con 5 bajo par, pero sólo le duró la gasolina hasta ese hoyo. El birdie del español en el 10 y su propio bogey en el 11 lo alejaron, empatando con Pate a 4 bajo par. Finalmente, Davis Love, también salió a dos golpes de Olazábal y le empató con un birdie en el 9. Pero ya se le negaron los birdies hasta el 16 y Olazábal logró dos por el camino antes de sentenciar con otro birdie en el 16, que le permitía mantener la misma diferencia de dos golpes que tenía al comienzo de la jornada.

 

“Puedo decir que estoy muy satisfecho y muy orgulloso de mi, de haber trabajado duro para poder llegar de nuevo aquí, y de mi familia y de mis amigos, que me han apoyado en los momentos más duros de mi vida. Y digo de mi vida, no de mi carrera. Cuando estaba en los momentos más bajos, cuando pensaba que jamás podría volver a andar o volver a jugar al golf. Y ha sido una gran emoción la llegada al green del 18, que Mark O´Meara me haya puesto la chaqueta… son sentimientos tan fuertes que no tengo palabras para describirlos. Haber pasado dos años prácticamente inválido te da otra perspectiva de las cosas. He disfrutado de cada paso que he dado en el campo”. 

 

Era el momento de acordarse del doctor Muller, el alemán que obró el prodigio de ayudar a que Olazábal volviese a competir al mejor nivel y a vestir su segunda chaqueta verde. A ser capaz de sobreponerse a serios problemas de salud por la artritis reumatoide que le ha lastrado y que, sin embargo, no ha logrado impedir que siguiera construyendo una carrera plagada de éxitos. Con esta victoria se unió al selecto grupo de jugadores con más de un Masters en su palmarés del que forman parte leyendas como Seve Ballesteros, Jack Nicklaus, Arnold Palmer, Tiger Woods, Sam Snead, Gary Player o Ben Hogan.

 

A la impresionante victoria de Olazábal, conseguida con un aplomo, una sangre fría y una autoridad digna de los mejores campeones, hay que sumar la excelente clasificación obtenida por Sergio García en su debut en el Masters, mientras Severiano Ballesteros y Miguel Angel Jiménez no lograron pasar el corte. El castellonense, con solo 19 años, fue el primer amateur europeo que logró jugar el fin de semana desde que lo consiguiera Peter McEvoy en 1978. La importancia que este torneo ha concedido a los campeones amateurs viene de largo. Los fundadores del Masters, Bobby Jones y Clifford Roberts, no concebían el Masters sin la presencia de los mejores amateurs del momento y la tradición se ha mantenido con toda solemnidad.

 

Sergio García pasó el corte con tres sobre par, un magnífico resultado para un debutante tan joven, y terminó el torneo en el puesto 38, con 295 golpes (siete sobre par), superando a los estadounidenses Tom McKnigth, de 40 años, anteriormente profesional, finalista del US Amateur en 1998 y Matt Kuchar, de 20 años, subcampeón de Estados Unidos en 1997, en dos y cuatro golpes, mientras que al sudafricano Trevor Immelman, campeón de Estados Unidos de campos públicos y campeón amateur de Sudáfrica, le aventajó en diez golpes.

 

Por Jesús Ruiz

 

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