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El gran juego de la bolita territorial

  • hace 1 día
  • 2 min de lectura

Hay tradiciones callejeras que jamás pasan de moda, solo se mudan de la Gran Vía a las moquetas del Consejo de Ministros. Quien haya paseado alguna vez por una zona turística sabrá cómo funciona el noble arte del trilerismo: una caja de cartón, tres cáscaras de nuez, una bolita de goma y un ritmo de manos endiablado diseñado para que la vista del transeúnte siga exactamente lo que el tahúr quiere que vea.

 

En la versión mejorada y presupuestada del Gobierno, el Trilero Mayor del Reino ha cambiado la caja de cartón por el mapa del Estado. Las cáscaras de nuez son Ceuta, la Península y los repartos autonómicos de turno.

 

La bolita —la gestión de la inmigración ilegal y la soberanía fronteriza— va de un recipiente a otro a una velocidad pasmosa: ahora está en un centro insular, ahora reaparece en un autobús hacia el norte, ahora se diluye en una transferencia de competencias. Nadie sabe con certeza dónde está la dichosa bolita, pero la mesa no para de moverse.

 

Por supuesto, ningún trilero de nivel opera en solitario; la clave del éxito reside en la orquesta de ganchos que abarrotan la corrosiva escena:

 

El gabinete ministerial: Hacen de comparsa entusiasta. Unos aplauden la «extraordinaria audacia» de la jugada, otros gritan señalando al tendido para despistar a la parroquia y los de más allá juran por lo más sagrado que la solución es inminente si mantenemos la fe en el trilero.

 

Las ONGs subsidiadas: El gancho emocional de la esquina. Con la voz quebrada y la palma extendida al presupuesto público, validan la dinámica asegurando al público que el trilero no hace trampa, sino que ejerce la filantropía. Su cometido es fundamental: si osas dudar del movimiento de manos, automáticamente te acusan de arruinar la diversión y no tener corazón.

 


Y en el centro del corro, el pagano de siempre: el contribuyente español. Un espectador que contempla absorto el baile de recipientes mientras siente cómo, por el bolsillo de atrás, le van aligerando la cartera vía impuestos para financiar el tablado, las dietas del tahúr y el sueldo de los ganchos.

 

El verdadero truco de magia, el tocomocho definitivo de esta función, es que la solución real —esa bolita que debería llamarse «cumplimiento de la ley y devoluciones a Marruecos»— nunca estuvo bajo ninguna de las cáscaras.

 

El Trilero Mayor la guarda a buen recaudo en la palma de la mano mientras la mesa sigue rodando. La banca nunca pierde y el espectáculo, costeado por todos, continúa.


Texto de: Arturo Caimán

 

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